Después de ver el partido del Getafe y el Bayern de Munich ya no se trata de recurrir al tópico de los equipos alemanes, el empuje, el rodillo, los balonazos, el juego aéreo, el poco fútbol, el no desfallecer o el creer que se puede aunque la lógica diga que no. La frase de Lineker tampoco sirve. Tiene que haber algo más.
Un equipo alemán decente tiene algo que hace que el portero se coma un balón fácil, que aún ganando 3 a 1 a falta de cinco minutos en el ambiente se respire nerviosismo y se murmure por lo bajini un 'ya verás tú estos como la lían al final', que una falta lateral se convierta en un semi-penalty o que el equipo contrario sea incapaz de ganarle dos balones al portero rival que ha subido a estorbar más que a rematar. Y si miramos un poco la historia podemos sumar el descalabrar a un delantero rival en una semifinal de un Mundial, ganar dos finales del Mundial ante los favoritos indiscutibles, acabar con innumerables equipos después de haber recibido un baño de juego, ganar Copas de Europa con alineaciones de las que apenas es posible recordar un par de nombres, infinitas tandas de penalties ganadas y, como no podía ser de otro modo, el primer Gol de Oro para ganar una Eurocopa marcado por un delantero tosco como pocos. Todo eso -y muchísimo más- es lo que conlleva enfrentarse a un equipo alemán con un mínimo de calidad.
Si no no se explica lo de hoy.